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ENTREVISTAS - She said "you don't understand what I said"

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Paul McCartney - 1993, 13 de Setiembre
Entrevista: Ruth Baza
Traducido por Eterno

Tras bastidores en el NEW WORLD TOUR

McCartney New World Tour 1993

Con la Leika y la FM2 cargadas de blanco y negro. Clic clic. Funcionaban a la perfección. Las tenía preparadas para disparar. Clic clic. Y yo estaba dispuesta a poner la bala donde me dictara el ojo. Clic clic.

Pasaban los minutos al son del des-concierto. Teclados, cuerdas, toc tocs en los micrófonos, tamborilazos limpios, pizzicatos elevados a la quinta potencia, risas y esputos, maldiciones y conquistas fruto de la improvisación. Mariposas en los estómagos. Saludos introductorios y hasta un beso en la mano. Uno detrás de otro. Los músicos iban y venían, cruzaban el escenario corriendo y fumando y hasta bebiendo agua con burbujas. Gárgaras y gorgoritos. Y todo este torbellino porque el escarabajo volaría al anochecer.

Insistí mucho en que mi bloc se quedara abierto por la primera página. Insistía a la vez que registraba cada secuencia que se cocía en la antecámara de la corte real. Registros de tinta y Kodak para enviar la crónica al periódico antes de las doce. Deprisa, deprisa, que dé comienzo el espectáculo, pensaba, y que no se acabe nunca, rogaba. Entonces, el cuaderno se quedó crucificado bajo el peso de mis notas frenéticas. Clic clic, sonaba también. Tan bien...

Londres, 13 de septiembre de 1.993
21:00 horas. En el backstage del Earl´s Court...

Era la noche de Paul. Y yo estaba de cuerpo presente. Estaba en el meollo de su suerte. Cerca del insecto negro. Cerca de la Historia del Rock.

Estaba con Paul. Y con Linda y su cámara soviética colgada en el pecho. Con Hamish el bajista, Blair el moreno percusionista, Robbie el vocalista guitarrero y Wix el obseso de los sintetizadores. Sí, era cierto que Paul is Live in the new world, allí y entonces, aquella noche de septiembre que ahora rememoro con nostalgia, de punta a cabo.

La recuerdo como si fuera ayer, a la noche y su estrépito me refiero. Recuerdo que afuera, decenas de miles de hormigas de todas las edades se citaban a las puertas del templo. Se congregaban fieles para ver el vuelo afinado del escarabajo. Se santiguaban de gusto. Se hacían de cruces. Se tambaleaban por culpa de los nervios y la curiosidad. Se auscultaban entre ellos. ¿Cómo será? ¿Qué pasará? ¿Es real? Aguantaban la cola y el chisporroteo de la lluvia con chulería. Se secaban el sudor de la frente con kleenex. Se bamboleaban como peonzas en el asfalto empapado de puré de guisantes. Se sentían afortunados, quizá, porque se intuían, igual que yo, cronistas de un acontecimiento único. Eran, ni más ni menos, un coro a punto de perder los estribos. Y, claro, como buenos vocalistas anónimos que eran, ensayaban a capella, monódicamente, en el mismísimo umbral del estadio que esa noche pertenecía al escarabajo más inteligente de la manada, todas, todas las canciones del repertorio de la humanidad. Quizá, porque casi todas las canciones de los Beatles son ya piezas naturales del inconsciente colectivo, tarareaban al unísono. ¿Cómo será en persona? ¿Qué le pasará por el cuerpo? ¿Será de carne y hueso? Un ja ja ja a una, multiplicado por cerca de 50.000 respiraciones, ya digo, de todas las edades, los sexos y las banderas.

Inicio.

Otra vez, Londres de noche...

Un descanso para toda la banda. No cesaba el martilleo de los instrumentos y los nervios estaban a flor de piel. Todos temblábamos. Todos teníamos hambre y sed, la boca seca y las manos flojas, y de repente, como por arte de magia una chica amable y menuda de la discográfica, nos concedió el deseo de saciar nuestras gargantas y estómagos en una sala, acaso sin saber que estábamos desfallecidos. En la sala VIP habían desplegado un buffette de miedo. Emparedados de huevo y bacon, rollitos de primavera, croquetas de verduras, pollo tandoori, ensalada de col, judías con ketchup, patatas rizadas, uvas, ciruelas, todo tipo de refrescos con y sin burbujas y hasta Möet Chandom. El descorche. Calma. Remolino de platos y cubiertos de plástico. Crunch crunch. Y Paul, como los demás, comiendo a dos carrillos mientras charlaba con todos y cada uno de los allí presentes.

Pensé que los años no pasan en balde para el ex-Beatle a pesar de que su aspecto era de lo más jovial y despreocupado. A pesar de su melena y su delgadez quasiadolescente, las arrugas surcaban su mirada y tenía una hermosa papada. Pero a pesar del paso del tiempo (entonces tenía 51 años, según anoté en mi crónica para El Mundo), seguía manteniendo ese rictus entre Wildeiano y suburbial de Liverpool que tan famoso como Cristo le había hecho en los 60. McCartney era McCartney y punto.

Llegó mi turno. Y entre migas, humo de tabaco, bla bla de fondo y servilletas de papel, me estrechó suavemente la mano y se inclinó hacia delante, en una suerte de reverencia de perfecto caballero inglés. Me miraba directamente a los ojos. Franqueza, me dije para mis adentros. Nos acomodamos en un sofá de piel sintética. "15 minutos, rapiditos, por favor, que no tenemos mucho tiempo" nos ordenó la muchacha de promoción. Así que enseguida rompimos el hielo. Lo hizo trizas él con una enorme sonrisa. Y a mí lo primero que se me ocurrió espetarle, en respuesta a su amabilidad, fue que mi madre había estado en el concierto que celebraron en Las Ventas...

Paul: ¡Ah!, ¿sí? ¡Qué gracia! ¿Sabes que me encanta España y la tortilla de patatas? Todavía guardo la montera de torero y una capa que compré en la Plaza Mayor, ¿se llama así, no?... Pues, tú no pareces española. Y ¿Dices que te llamas Ruth?

Ruth: Sí, Ruth. Bueno, es que no soy española del todo. Tengo sangre de todos los lados. Soy una especie de ciudadana del mundo, ¿sabe? Aunque ahora resido en Madrid, me paso la vida viajando de un sitio a otro para asistir a conciertos y hacer entrevistas a gente como usted, y luego poder narrarlas en periódicos y revistas...

P: ¿Gente como yo? ¿Cómo es eso?

Quiero decir que tengo la fortuna de conocer a artistas, músicos, actores, compositores, directores de cine, arquitectos, etc, que yo considero "grandes"... Ya me entiende... Aunque a veces, en realidad con mucha frecuencia, la grandeza también se encuentra en personas anónimas con las que me tropiezo por ahí... Usted es más famoso que el Papa, no me va a decir que no, y hasta que Jesucristo...

P: Eso lo dijo John, no yo, aunque en cierto modo, tengo que decir que estaba bastante de acuerdo con aquella afirmación porque la cosa se nos escapó de las manos. Nunca pensamos que llegaríamos tan lejos, que pudiéramos levantar tantas pasiones, que la gente, las chicas y también los chicos, se mataran por comprar nuestros discos y acudir a nuestros conciertos, que la prensa nos sacara en portadas, que todo el mundo quisiera imitarnos hasta en el infierno. Era demasiado para nosotros. Éramos muy jóvenes, inexpertos, de provincias... Luego, nos acostumbramos, teníamos que acostumbrarnos a la fuerza porque nuestra vida era un revuelo. Pero no fue nada fácil asimilar el éxito. De hecho, cuando John y yo escribimos Help, estábamos pidiendo ayuda a gritos. Era una verdadera locura...

Pero ustedes eran ambiciosos.

P: Sí, pero jamás hubiéramos sospechado todo aquello. Trabajamos muy duro...

Dígame una cosa, ¿quién llevaba la batuta realmente?

P: Los cuatro éramos como los Mosqueteros. No creo que ninguno de nosotros fuera más que los demás, lo que pasa es que a mí se me veía siempre delante junto a John, mientras que George y Ringo quedaban relegados a un segundo plano, quizá porque nosotros (John y yo) éramos las voces y los compositores de casi todos los temas, y George y Ringo nuestra "comparsa".

Uno para todos y todos para uno hasta que se disolvieron...

P: Era necesario que los Beatles pararan y cedieran el paso a otros grupos. Nada dura para siempre. Estábamos muy cansados y teníamos otras aspiraciones. Habíamos madurado. Nos habíamos casado, teníamos hijos y hasta una casa en propiedad.

He leído que dijo una vez que no se pueden recalentar los suflés, refiriéndose a su separación y a la imposibilidad de reunirse de nuevo.

P: Es lo más aproximado que se puede decir acerca de ese tema. Ya digo, nada es eterno, y nosotros no íbamos a ser menos.

Pero lo cierto es que los Beatles, todo lo que rodea a los Beatles, es parte de la Historia de la Humanidad. Ustedes son como una idea, un hecho, del inconsciente colectivo. No debe haber nadie en este mundo que no sepa quienes eran ustedes.

P: Eso es un elogio, de verdad. Si todo el mundo, como dices, nos conoce, conoce nuestra música, es porque hemos debido hacer algo mal...

¡Y yo que creí que lo de la simpatía por el diablo era cosa de los Stones!

P: En en fondo éramos buenos chicos, mucho mejor chicos de lo que la gente se imagina.

¿Qué añora de aquella época?

P: Nada porque tengo los recuerdos muy frescos. Fueron unos años maravillosos y durísimos al mismo tiempo. Recuerdo, sobre todo nuestra amistad. Eso era lo más importante, la compenetración que teníamos. También discutíamos mucho pero eso es normal cuando estás en la misma onda, en el mismo barco. Una amistad no es verdadera sino hay discrepancias y diferencias. Creo que lo que más echo de menos, lo único que echo de menos en realidad, es a John.

Es que su muerte fue un palo...


P: El mundo está loco, loco.

Y ante la locura, usted se impone revolucionar con una de las armas más poderosas que se puede tener: la música. De hecho, el propósito de esta gira en la que está embarcado es concienciar a la gente para que se comprometa a cuidar el planeta, a dejar de cometer atrocidades y masacres de especies en vías de extinción. Vamos, que aboga por un estilo de vida casi utópico.

P: Abogo por la paz. Ojalá The New World Tour sirva para algo. Ya sé que suena pretencioso, pero me encantaría poder resolver al menos uno de los grandes problemas del mundo.

Usted es miembro activista de Greenpeace, ¿no?

P: Y de otras asociaciones benéficas. Intento echar una mano en todo lo que puedo.

Hablando de hacer el amor y no la guerra, de vivir y dejar vivir, de autoabastecerse y no perjudicar a nada ni a nadie,¿qué tal anda su huerto? Porque usted es de los que se lo guisan y después se lo comen...

P: ¿Mi huerta?, excelente, bien surtida. Aunque tengo que confesarte que también hacemos la compra en el supermercado.

Linda y usted llevan un régimen de vida bastante sano, según tengo entendido.

P: Intentamos no excedernos con nada. Somos muy conscientes de lo que ocurre a nuestro alrededor y pasamos de fomentar los problemas. Somos vegetarianos y nos comprometemos a dar lo que podemos, lo que esté en nuestras manos, al que lo necesite. Sí, tratamos de llevar una vida tranquila.

¿Llama usted tranquilidad a dar la vuelta al mundo una vez detrás de otra y a no parar de componer?

P: Lo de viajar continuamente, lo llevaba muy mal al principio porque me restaba tiempo para estar con mi familia y mis amigos. Pero ahora que los niños ya son mayores, y nosotros más viejos, nos lo tomamos con calma pero sin parar. A mí me tranquiliza la actividad, crear... Sembrar y recoger frutos, tocar la guitarra y por encima de todo, tener cerca de mí, el mayor tiempo posible, a la gente que quiero.

¿Se considera, pues, un hombre afortunado?

P: Creo que me puedo morir tranquilo, sí. He hecho y he visto muchas cosas en la vida...

Corríjame si me equivoco, pero cuando era joven, rezaba por conseguir cosas tan supuestamente básicas como "mujeres, dinero y trajes". Y sus ruegos se han visto más que compensados, no sólo con la realización de esos deseos, sino con la consecución de muchas otras cosas, como viajar, enamorarse y fundar una familia, conocer y codearse con gente de todo el mundo, y no quedarse nunca de brazos cruzados, porque usted es un tipo verdaderamente prolífico.

P: Ya te digo que el día que me pare, estaré muerto...

Y usted está más que dispuesto a dar mucha guerra...

P: Hasta que el cuerpo aguante, sí. Cuando vea que me escasean las fuerzas, que soy demasiado viejo para sostener la guitarra y decir cosas cuerdas, me retiraré.

No le veo aún de "patata de sofá", la verdad.

P: Lo cierto es que no tengo tiempo ni para ver la televisión ni un sofá en el que ponga mi nombre. En casa lo compartimos todo, no hay derechos exclusivos ni sobre el sofá ni sobre la nevera.

Suena bastante hippie.

P: Hemos educado a nuestros hijos de una manera muy diferente a como nos formaron a nosotros nuestros padres. Yo pasé una infancia y una adolescencia muy dura, no tenía ni donde caerme muerto y todo lo que sé lo aprendí a base de callejear...

Y de mucha paciencia, porque usted es una especie de Job, obstinado, voluntarioso y autodidacta.

P: He tratado de sacar partido de la adversidad, eso es todo. En la vida hay que aprovecharse de lo bueno igual que de lo malo. Todo sirve más tarde o más temprano. Nada ocurre porque sí. Eso hemos inculcado a nuestros hijos, que la vida no es fácil y que hay que ganársela con esfuerzo, día a día. Les hemos enseñado a ser respetuosos y generosos con los demás. Les hemos dado la oportunidad de estudiar en buenos colegios y conocer otras culturas. Les hemos dado mucha libertad pero tampoco ha escaseado la disciplina. En ese sentido, creo que lo hemos hecho muy bien porque nuestros hijos son estupendos. Tengo mucha fe en ellos, y puedo afirmar, que ellos también confían plenamente en su madre y en mí. A veces, tengo la sensación de que más que padres e hijos somos un grupo de amigos. Hablamos, jugamos, discutimos y aprendemos cantidad los unos de los otros. Es sorprendente la cantidad de cosas que me han descubierto mis hijos...

¿Por ejemplo?

P: Las matemáticas y los videojuegos... No, es una broma. Como seres humanos tienen un fondo inmenso y de ahí es de donde extraen las cosas que me enseñan. Son grandes maestros para mí.

¿Le gustaría que alguno de ellos se dedicara a la música?

P: Si es su deseo, no me opondré en absoluto.

(En este preciso instante, la "introductora de embajadores" de la discográfica, se acerca a nosotros y se sacude el reloj con el índice y la mejor de sus sonrisas, en señal de que el tiempo de charlar se ha terminado).


Dígame una palabra, sólo una, y le dejo libre, señor McCartney...

P: Me lo pones difícil. ¿Qué te parece, fin?

¿Honestamente? Se me queda corta.

P: Pongamos que digo revolución o calma detrás de fin. El fin es la revolución. La calma es el fin. ¿Te parece así mejor?

Me parece un buen comienzo...

Deprisa y corriendo, me dio las gracias en español con acento de Liverpool y un beso en la mano, antes de asirse al brazo de la promocionara y salir pitando para el escenario. Las campanas doblaban ya por la reaparición del escarabajo mimoso, de ojos lánguidos y redondos como platos, que aquella noche vestía chaqueta de rayas diplomáticas, camisa blanca y chaleco con estampado de alas de aves marinas. Un escarabajo gentleman, que aquella noche de septiembre era el amo indiscutible de la Corte del Nuevo Mundo.

 

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